“De pequeña, siempre estaba en la cocina,
al lado de quien azuzaba el fuego y cocinaba”

Nací en León, el 20 de abril de 1960 y en mi familia cuentan, que nací para esto, la cocina.

Recuerdan que estaba siempre en la cocina, al lado de quien azuzaba el fuego y cocinaba y así es hoy mi recuerdo de todo ello, permanece incólume en la memoria.

Mi primera quemadura en la cocina fue con 2 o 3 años, y el recuerdo sigue nítido en mi. Sentada en la encimera, al lado de la que denominaban “cocina bilbaína”, allí miraba con fascinación la olla de leche que se había puesto al fuego, contemplaba como la leche crecía y se quería salir de los bordes en forma de espuma.

¿ Pero como se hace espuma si antes es liquida?

Todo era aprender, descubrir el tacto que tenia y si estaba muy caliente.

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Lejos de asustarme, seguí fascinada. Por ejemplo, cuando para la cena se batían los huevos para la tortilla francesa. Era todo un espectáculo. Mi madre los batía a tal velocidad que se formaba un bucle suspendido en el aire para después caer como una ola de nuevo en el plato y vuelta para arriba. Estaba intrigadísima, la cocina me resultaba mágica.

Una vida entre fogones…

Estos son mis primeros recuerdos, cuando aprendí a leer en silencio sin mover los labios y con mi padre al lado. Estaba muy orgullosa de mi misma, me estaba haciendo mayor. Empecé haciendo la cena para mis hermanos subida a una banqueta porque no llegaba ni siquiera a ver el fuego; al lado de mi madre y mi abuela aprendí el respeto hacia los ingredientes y como a través del fuego se trasforman.

Desde entonces fue la razón de mi vida y no ha pasado ni un solo minuto en el que la cocina no formara parte de algo esencia, de una búsqueda constante, apasionada, rigurosa de cuanto se podría hacer. Y ahí sigo, incesante en la magia que cada día se renueva de comenzar con el mismo ímpetu y la misma ilusión, y la misma magia, cuando estoy frente a los fogones.

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